La crisis convierte a uno de cada cuatro jóvenes en ‘nini’

  • La población entre 15 y 29 años con formación que no estudia ni trabaja decrece por primera vez desde 2007 · La necesidad de mejorar las opciones laborales conduce al 50% de los adolescentes de 17 años a hacer la Selectividad · La precariedad laboral genera un nuevo perfil profesional: el trabajador pobre.

Más ninis y más estudiantes. Este es el resultado de siete años de crisis económica. Las dificultades del mercado han empujado a los jóvenes en direcciones opuestas. La mitad de los adolescentes de 17 años se interesa por la universidad y realiza la Selectividad. Pero, al mismo tiempo, la escasez de empleo ha convertido a cerca de un tercio de los andaluces con edades comprendidas entre los 15 y 29 años en población que no estudia ni trabaja. Son ninis.

La esquizofrenia de este escenario la alimenta, por un lado, el interés en la formación como fórmula para mejorar las posibilidades laborales. Por otro las dificultades para encontrar trabajo empujan hacia el abismo nini. Con mayor intensidad a los que carecen de formación y de forma más atenuada a los que la tienen.

El legado más alentador de este panorama bipolar reside en que más del 50% de los andaluces de 17 años se presentan a los exámenes de Selectividad y los aprueban, cuando antes eran menos de un tercio los que se sometían a las pruebas de acceso a la universidad.

Este dato ha conducido a Andalucía desde el vagón de cola que ocupaba en 2008 a la cabeza tractora a la que se aupó en 2013. En estos cinco años, durante los que la construcción con todo su empleo directo e indirecto de baja cualificación se ha desplomado, Andalucía ha sido la comunidad autónoma española en la que se ha producido un avance más significativo.

Si antes sólo el 30% de los jóvenes de 17 años hacían la Selectividad, ahora es el 50,6%. Ocupa, junto con Galicia y Extremadura, la segunda posición en una clasificación que lidera el País Vasco, que también ha experimentado un avance significativo, desde el 49,2% hasta el 66%. Esta evolución está directamente relacionada con la crisis económica desde el momento en que si se observan los cinco años anteriores se puede comprobar que el avance o fue mínimo o directamente negativo.

El renovado interés de los jóvenes por los estudios a consecuencia de las dificultades económicas y laborales también tiene reflejo en el abandono temprano de los estudios. Las estadísticas oficiales recogen cómo el porcentaje de población entre los 15 y 24 años que tiró la toalla sin el bachillerato no se movió un ápice del 31,7% entre 2003 y 2008. Sin embargo, en 2013 había descendido ocho puntos, hasta el 23,6%. El dato es bueno, pero no lo suficiente porque España es todavía de los 28 países de la Unión Europea, más Islandia, Noruega y Suiza, el que sufre mayores tasas de abandono temprano.

Sin embargo, ni el freno que ha experimentado el abandono académico, ni la llegada de más alumnos a la universidad han sido suficientes para impedir que el fenómeno nini se dispare. En 2007 la población andaluza de 15 a 29 años que ni estudiaba ni trabajaba ascendía al 16,8%. En 2014 se elevó al 25,5%. No obstante, es reseñable que el año pasado se produjera un retroceso de tres puntos marcando un punto de inflexión en esta tendencia, porque el coletivo sin estudios ni trabajo en 2013 englobaba al 28% de la población andaluza entre los 15 y 29 años.

En todo caso Andalucía es junto a Canarias la comunidad autónoma española con más población en esta franja de edad que no tiene una ocupación laboral o académica. Detrás aparecen Castilla-La Mancha (22,5%) y Baleares (22,4%). El extremo opuesto lo ocupan País Vasco (14%) y Madrid (15,5%).

La repercusión del fenómeno nini tiene un impacto similar desde la perspectiva del género. En Andalucía afecta al 24,8% de los hombres y al 26,1% de las mujeres entre los 15 y 29 años. Sin embargo, el nivel de estudios sí es determinante. La tasa de jóvenes sin ocupación laboral ni académica que no tienen el bachillerato (35,7%) prácticamente dobla a la de quienes sí tienen al menos el título de bachiller (18,2%). Además, en el primer grupo la tendencia no solo no se ha invertido, sino que ha aumentado tres puntos en 2014, mientras que retrocedía, por primera vez desde 2007, entre quienes sí tenían estudios.

Rafael Martínez, profesor de Sociología de la Universidad de Granada experto en inserción laboral, mira más allá de la literalidad de las estadísticas para advertir que tanto el efecto nini como la pobreza también amenazan a la población con edades comprendidas entre 25 y 40 años

Reconoce que entre los 16 y 24 años hay grupos de jóvenes que no completaron la formación y tenían trabajos no cualificados en la hostelería y la construcción hasta que la crisis los expulsó del mercado laboral. Argumenta que aún cuando el desempleo en esta franja de edad es altísimo, gran parte de ese colectivo o está todavía estudiando o definiendo sus opciones de futuro. Sin embargo, en el siguiente escalón el paro se conjuga con la precariedad “en unas edades en las que estas personas o tienen responsabilidades familiares e hipotecas o todavía viven con los padres y no pueden abandonar el domicilio familiar porque no pueden coseguir un trabajo que les permita independizarse”.

Pone el acento sobre una nuevo perfil creado por la crisis: el del empleado cualificado pobre, porque el problema no es solo el elevado índice de desempleo, sino también la calidad del trabajo. “La precariedad es tal que no le permite planificar su propia trayectoria personal”. Rafael Martínez alude a ingenieros, médicos o profesores, “personas muy bien formadas” contratadas por horas, de tal modo que sus ingresos ni siquiera alcanzan los 800 euros mensuales que, según el Injuve, necesita como mínimo un joven para vivir de forma autónoma. 

El subempleo cronificado a través de trabajos parciales, prácticas y becas es incapaz de proveer las rentas suficientes para independizarse y ha roto el estatus que la sociedad tradicionalmente ha atribuido a cada profesión. En este escenario, la edad de emancipación de los jóvenes españoles se aproxima a los 40, mientras que británicos, alemanes, franceses, suizos o suecos se van de la casa de los padres a los 19. Este asunto tiene tal envergadura que ha cambiado las prioridades de los jóvenes. Si antes valoraban primero un trabajo estable, después que estuviera acorde con su formación y, por último, el salario, ahora el sueldo es la principal variable, seguida de la estabilidad y por último por la relación con su capacitación o título formativo.

“¿Tienen la culpa las políticas laborales?”, se pregunta Rafael Martínez, para recordar a renglón seguido que no son tan diferentes de las que se aplican en el resto de europa. Es más forman parte del programa europeo de lucha contra el paro y, sin embargo, la realidad laboral de cada país es muy diferente. Cree, por tanto, que no hay que perder de vista la estructura productiva con su constelación de pymes y micropymes, difícil de controlar y en la que anida con comodidad la economía sumergida.

Esta falta de perspectivas laborales tiene, por otra parte, consecuencias sociales ya sea porque se retrasa la maternidad y la paternidad hasta los 40 años o porque “empujamos a la emigración a una generación muy bien formada, que ha sido educada para vivir en una sociedad de consumo a la que ahora no puede acceder”. “La decisión de muchos de los 500.000 titulados universitarios que han emigrado no ha sido libre, sino empujada por estas dificultades “.

Este profesor de Sociología de la Universidad de Granada acepta, no obstante, que la formación siempre es una ventaja, de ahí que los jóvenes también alarguen el periodo de estudios porque “las buenas calificaciones, la buena preparación y la formación dan más posibilidades de acceder a un trabajo de calidad. Por tanto, invertir en estudios es más rentable a pesar de las dificultades”.  

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