La herencia Malaspina

  • El proyecto ha situado las ciencias marinas españolas en la vanguardia internacional · La duda es cuánto tiempo se mantendrá la ventaja · De momento investigadores andaluces se adelantan a estadounidenses y franceses para completar el mapa de los plásticos oceánicos con nuevas expediciones en el Polo Norte y el Mediterráneo, mientras que otro equipo prepara para abril un recorrido entre Brasil y España para comprobar cómo influyen las diferentes condiciones del océano profundo en los microorganismos.

Los investigadores gaditanos Andrés Cózar (izda.) y Juan Ignacion González Gordillo con unas muestras.

La expedición Malaspina es el origen hasta ahora de 60 publicaciones que no representan más del 10% de todo su potencial. Quedan aún años de actividad científica en torno a las muestras recogidas y los primeros estudios realizados. Junto a esta herencia inmediata, el proyecto ha tenido, además, la bondad de articular las ciencias marinas en España al sacarlas de su tradicional atomización para extrapolarlas al escenario internacional.

El ejemplo más evidente es la carrera emprendida por europeos y estadounidenses para adelantar a los grupos españoles en el conocimiento sobre los residuos plásticos en los mares. El investigador de la Universidad de Cádiz Andrés Cózar confiesa que esta es una guerra perdida a largo plazo. “Ahora mismo estamos en vanguardia. Los hemos pillado por sorpresa y si somos ingeniosos nos podremos mantener unos años, pero más será difícil”. Es una cuestión de recursos.

El trabajo realizado en el Atlántico, el Pacífico y el Índico durante el proyecto Malaspina, se completa en la actualidad con estudios similares en el océano Ártico y el mar Mediterráneo. La campaña en el Polo Norte se llevó a cabo el año pasado y los datos (pendientes de publicación) los tienen los investigadores sobre la mesa. Esa es la ventaja que separa a los científicos españoles de los estadounidenses que ahora están a punto de enviar varios barcos al Ártico justo para estudiar el asunto de los plásticos.

El mapa de la distribución de los residuos en los mares se cierra en el Mediterráneo donde el equipo, constituido por investigadores que se conocieron y trabajaron juntos en Malaspina, ha realizado otra campaña y Andrés Cózar tiene casi listo un artículo científico que detalla donde se producen las principales acumulaciones y cómo se mueven en este espacio los plásticos. De nuevo España juega con la ventaja de haber golpeado primero. Francia tiene en la actualidad un barco en el Mediterráneo trabajando en el mismo objetivo.

Juan Ignacio González Gordillo está involucrado en otra investigación heredera de Malaspina que comprende una campaña de un mes a bordo del Hespérides para recorrer el trayecto que separa Salvador de Bahía (Río de Janeiro) de Canarias con el objetivo de comprobar cómo influyen las diferentes condiciones del agua del océano profundo en los microorganismos. El mar no es homogéneo, la luz no es en todos los puntos igual y el ambiente para la producción de microalgas cambia.

El trayecto de la expedición ha sido diseñado para atravesar zonas muy diferentes partiendo de las aguas subtropicales, donde las oportunidades de las microalgas para realizar la fotosíntesis y, en definitiva, para reproducirse son menores, a otras con mucha luz, como Cabo Blanco, Cabo Verde o Guinea, donde ocurre justo lo contrario.

El proyecto lo realiza la Universidad de Cádiz junto a investigadores del Instituto de Oceanografía de Mallorca, la Universidad de Las Palmas y el Instituto de Ciencias del Mar, dependiente del CSIC, con sede en Barcelona.

La expedición, además, es el origen de una serie de aparatos científicos nuevos entre los que destaca un drone para tomar muestras en superficie que desarrolla el equipo de biólogos en colaboración con expertos en robótica también de la Universidad de Cádiz.

La comunidad científica utiliza habitualmente un equipo denominado patín de Neuston, una especie de catamarán armado con una red que cuela el agua y recoge los organismos zooplactónicos. El aparato, aunque se utiliza desde los años 70, tiene inconvenientes: alarga los tiempos de parada del barco “y eso es mucho dinero”, aclara Juan Ignacio González Gordillo. Las tomas se tienen que hacer cerca de la embarcación, por tanto, en un área sometida a perturbaciones que ahuyentan peces y alteran el escenario natural.

La solución ideada por los biólogos e ingenieros de Cádiz pasa por diseñar un drone que se maneja por radiofrecuencia, equipado con una red para efectuar este trabajo sin necesidad de parar el barco. Puede, además, recoger las muestras lejos del área afectada por el ruido, la luz y el movimiento de la embarcación. Además, se ha previsto que asuma tareas complementarias como medir con sensores la temperatura de la superficie del agua. Esta labor hasta el momento se realizaba vía satélite y tomando como referencia cuadrículas de un kilómetro cuadrado de superficie, demasiado grandes por tanto para conseguir resultados de gran precisión.

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