ENTREVISTA A JUAN MARCHENA

"La tecnología sin destino o crítica nos llevaría a la catástrofe"

  • Juan Marchena Fernández es catedrático en el Departamento de Geografía, Historia y Filosofía de la Universidad Pablo de Olavide (UPO).

  • "En los principales institutos tecnológicos, las humanidades están cada vez más incorporadas, es decir, la creación del pensamiento está más presente", explica el americanista.

El investigador Juan Marchena. El investigador Juan Marchena.

El investigador Juan Marchena.

Doctorado en Historia de América por la Universidad de Sevilla, Juan Marchena ha sido decano en esta universidad, vicerrector de la Universidad Internacional de Andalucía y responsable del Área de Historia de América en la Universidad Pablo de Olavide, entre otros cargos académicos. Ha recibido premios y distinciones como Profesor Honorario de la Universidad Andina Simón Bolívar, de la Universidad Autónoma Tomás Frías de Potosí, es Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cartagena, por la Universidad de Catamarca y por la Universidad Nova de Lisboa. Asimismo, es miembro de la Academia de Historia de Ecuador. También es licenciado en Física.

Acaba de llegar de Bolivia, Chile y México, donde ha participado en el debate existente en América Latina sobre la importancia de las humanidades y las ciencias sociales...

Sí. Las sociedades latinoamericanas son muy activas: los estudiantes se mueven un montón. Chile, por ejemplo, lleva unos años ya de lucha estudiantil y eso que están con una presidenta socialista. Eso no quiere decir que estas luchas solucionen algunos problemas pero, al menos, la discusión está ahí. En América Latina hay un debate importante sobre las humanidades. Porque, si no una eliminación, sí que hay una tendencia a que sean las ciencias las que tienen que dar de comer a las universidades, y éstas tienen un pequeño lujo que son las humanidades. Allí está abierto un debate que aquí no sobre cómo enfrentar esto. Y ver cómo en el reparto de los presupuestos de las investigaciones las humanidades siempre quedan las últimas.

¿Y cómo ve el debate usted?

Yo creo que las ciencias y las humanidades son dos campos que se entienden y deben funcionar muy bien, otra cosa es el manejo político que se hace de ello. Pero en discusión científica creo que se llevan muy bien de la mano y ambas son fundamentales. No podemos dejar atrás la tecnología, de la misma manera que la tecnología sin destino o crítica también nos lleva a la catástrofe, como vemos en el mundo contemporáneo. De hecho, en los principales institutos tecnológicos, las humanidades están cada vez más incorporadas, es decir, la creación del pensamiento está más presente. Es lo que conduce a un mayor éxito tecnológico: hay tecnologías que fracasan porque cuando llega el momento de su aplicación, no están adaptados a la sociedades donde se van a desarrollar esos nuevos productos. Las humanidades no han sido barridas, pero sí que están al final de la clase. Y creo que este es un debate muy rico e interesante porque el pensamiento se crea desde las humanidades y éstas han dado muestra, desde el inicio de los tiempos, de que han participado del pensamiento científico. Y quitarlas no tiene ninguna lógica, es algo que debe ser impensable.

¿Cómo se defienden las humanidades y las ciencias sociales en el mundo de hoy?

Yo lo hago desde la premisa de que no creo en la historia como una disciplina cerrada, como algo que sólo sirve para estudiar el pasado. Lo que realmente estudiamos es el presente y en el pasado buscamos las razones o explicaciones de nuestro propio presente. Si no, no tiene sentido más allá de la erudición: saberse la lista de los reyes Godos puede estar bien, pero no sirve para nada. Hoy, en este presente mitad angustioso mitad extraordinario por sus posibilidades, es importante saber por qué somos como somos, cómo pensamos, cómo son nuestros comportamientos, la cultura, nuestras consecuencias... Por qué optamos por uno u otro voto político, las expectativas que tenemos... Todo eso es producto de la historia. Y sola en sí misma no funciona, sino que para responder esas preguntas hace falta echar falta de la antropología, sociología, psicología, arquitectura... Es mirar en el pasado para comprender el presente.

Los alumnos que se encuentra en la UPO, ¿se están olvidando de las humanidades y las ciencias sociales? ¿O hay quien se interesa mucho por ellas?

Aquí trabajamos en tres planos distintos más allá de la investigación. En uno de ellos, damos clases de Historia de América en diferentes grados de Humanidades, Geografía e Historia y los mixtos como Traducción e Interpretación. Ahí encontramos de todo, pero sí que hay estudiantes que hacen esas carreras por verdadera vocación y tienen gran interés, una preocupación por saber quiénes son. Además, contamos con un número enorme de alumnas y alumnos Erasmus que se interesan también por la asignatura de Historia de América sea cual sea el grado que estén haciendo. Les suena como algo exótico y llamativo, así que al final las clases están compuestas por un interesante componente de alumnado de diversos sitios y eleva el nivel de debate. Y están pensando y mirando la realidad latinoamericana del presente, se asombran de lo que sucede: los diálogos de paz de Colombia, lo que sucede en Cuba, los cambios en Brasil... A veces se sorprenden y preguntan por qué ocurren estas cosas: pues es momento también de analizar qué ocurre en España, con la extrema derecha en Europa... Y todo es muy rico.

También dirige la única Maestría de Europa centrada en Historia de América Latina

Sí. Se llama Historia de América Latina. Mundos indígenas. Una parte de nuestros estudiantes son nativos, es decir, españoles y europeos, pero la mayor parte son latinoamericanos: tenemos estudiantes de todos los países de allá. Y proceden de diferentes disciplinas, lo que hace aún más interesante su participación. Ellos adquieren una formación en historia y análisis del pasado muy fuerte, tanto con los profesores de aquí como los que vienen durante una o dos semanas a la UPO a dar sus clases. Son personas que acaban siendo directores de departamentos, decanos y otros puestos de mucha responsabilidad en América Latina, algo que subraya su importancia. Por eso al pasear por todo el continente te vas encontrando a estudiantes de la Pablo de Olavide que son autoridades importantes. También formamos ahí a buena parte de la dirigencia indígena de América Latina: de hecho, ya se han defendido tesis doctorales en lenguas locales como maya o quechua. Doctorar a la dirigencia indígena es un lujazo que este país, que se daría cuenta lo importante que es si tuviera algún tipo de capacidad de perspectiva. Es un capital de futuro impresionante. Y eso se hace en Andalucía.

¿Entiende este país ese capital del que habla? ¿Se entiende que las humanidades son capital de futuro?

No, no se entiende. Pero no se entiende porque no se dice, no se defiende, no se vende ni se explica. En latinoamérica sí que se hace. Hace unos días, por ejemplo, estuve en Bolivia junto a otra treintena de expertos y fue emocionante la defensa que todos hicieron por las humanidades. Necesitamos crear pensamiento sobre el mundo tecnológico, es decir, empezar a darle significado. No tiene sentido llegar a Marte si la desnutrición en este planeta alcanza las tasas que tiene hoy. Es una frase vieja, sí, pero sigue siendo necesaria. Esa construcción del pensamiento es básica y eso se hace desde las humanidades.

¿Pondría algún ejemplo?

Claro. La Universidad Nacional del Altiplano, por ejemplo, está a cuatro mil metros de altura, en Puno (Perú). Tiene muchas carencias, pero ahí está, con sus sillas y sus pizarrones. Allí van cada día unas 15.000 personas a estudiar, más de la mitad indígenas y hablantes de aimara. Estoy seguro de que Kant nunca llegó a estos cuatro mil metros, pero ahora sí: están estudiando a los grandes pensadores, las humanidades, también las ciencias, la filosofía, la historia, su propia historia... Ahí hay cada día 15.000 muchachos y muchachas sentados pensando. Eso sí que es una revolución: son personas que van a saber cuál es el futuro que van a tener por delante. Y lo están creando ellos. Si quieren, podemos hasta encontrar un Kant andino. O una forma distinta de manejar los saberes, como ellos dicen, y que incluyen cualquier disciplina. Es algo formidable. Hace 30 años Puno era una región desolada; hoy sigue siéndolo económicamente, pero tiene ya un capital humano que es mayor que cualquiera de los yacimientos mineros o petrolíferos que pudiera tener una región.

¿Está el mundo hoy demasiado pendiente de sí mismo?

Yo siento la necesidad de que dejemos de pensar en el hoy y pensemos más en el mañana. Si estamos pendientes y angustiados por el hoy y nos sorprendemos cada día por el hoy, seremos incapaces de pensar en el mañana. Y ese pensamiento nos debe sugerir, proponer y ayudar a saber dónde queremos ir. Analizar el hoy es un efecto casi onanista. Será mejor decir a la tecnología qué problemas queremos que nos solucione, demostrando que se lleva muy bien de la mano de las humanidades. Un buen ejemplo es el de los alimentos transgénicos: nadie nos da las claves exactas del tema. Unos dicen que nos matarán y otros que ayudarán a que la gente no muera, pero nada claro por encima de ideologías. Y sería importante saberlo: si se puede emplear, cuánto tiempo, si hay controles... El pensamiento nos ayudará a construir nuestro futuro. 

Cuenta con un currículo de casi un centenar de páginas... ¿Cómo le da tiempo a hacer tantos proyectos?

Hay mucho trabajo, claro, pero es muy colectivo. La gente que me acompaña también tiene currículums así. Yo no soy un lobo solitario, soy un compañero de expedición. El trabajo que yo desarrollo es muy colectivo. Mi vida está hecha en América Latina, he dedicado mi vida a grandes investigaciones y estoy muy orgulloso de tener a tanta gente con la que he trabajado cerca. Yo no tengo casa, coche, ni propiedades; mi gran capital son mis grandes amigos. Es ese capital humano de colegas e investigadores, de discípulos que ya son maestros y han pasado incluso a ser rectores. Gente que hemos ido formando en esta Andalucía perdida en el sur del sur de Europa y que ha tenido una gran capacidad de formación.

¿En qué proyectos está involucrado ahora?

En varios, pero hay uno muy especial. Se trata del proyecto Amazonas que se desarrolla en el corazón amazónico. Hasta ahora habíamos pensado que las grandes capitales son el corazón del continente americano, pero si miras el mapa, las capitales son periféricas: están en los bordes del continente. Sao Palo, Río, Lima, Buenos Aires... Están en los márgenes y el centro del continente es una región gigantesca donde parece que no pasa nada, pero es porque no nos enteramos. Es la cuenca del Amazonas y es tan grande que, por ejemplo, si desde Dakar (Senegal) hasta Fortaleza (Brasil), en línea recta sobre el Atlántico son 2.900 kilómetros de distancia; desde Fortaleza hasta el punto donde trabajamos en el Amazonas hay 4.000 kilómetros... Aquello es inmenso. Y allí te das cuenta de que lo periférico son las capitales. Por eso, nos pareció fundamental como americanistas sentarnos en ese lugar y empezar a mirar el continente desde allí y con la gente de allí.

¿Y qué hacen?

Pues crear un proyecto conjunto, con la participación de los países de la región. A ningún país de allí le gusta que se hable de Amazonía, porque es una zona donde pasan tantas cosas a nivel ambiental y humano que nadie quiere se conozca. Y si tú estás allí como testigo y actuando como universitario, dando formación académica, pues no gusta demasiado. Pero venciendo esos recelos, conseguimos convencer a la Agencia Andaluza de Cooperación de la Junta de Andalucía de que podríamos montar un centro de investigación andaluz amazónico en pleno corazón de la región, algo único. Lo hicimos en un pueblo de la triple frontera entre Bolivia, Perú y Brasil que se llama Bolpebra. Está formada por gente que cayó allí y fundó una localidad sin nombre, de ahí que hayan usado las primeras sílabas del nombre de cada país. Viven unas cuatro mil personas que son bolivianos, peruanos y brasileños, tienen las tres cédulas de identidad. Y allí nos fuimos andaluces, del sur del sur, a poner en marcha un proyecto contando con especialistas de los países que son limítrofes en la zona. Convencimos a responsables de las universidades de esos países, que a pesar de su cercanía no habían trabajado nunca juntas porque siempre miraban a las capitales y no al Amazonas. Y pusimos en marcha un centro de estudios amazónicos que trata temas sobre medioambientalismo, antropología, arqueología, historia, ingeniería, lingüística, derechos humanos, género... Todo lo que las universidades fueron aportando. Y se ha montado un programa de Máster único, de las tres universidades públicas de cada uno de los países más la Pablo de Olavide y el apoyo de la administración andaluza. Es gratuito: el alumnado no paga y el profesorado no cobra, sólo se le ofrece hotelito y comida. Es un proyecto finalmente barato y que tiene un impacto enorme. Y todo eso mientras en el entorno hay atentados a la naturaleza, matanzas, todo el narcotráfico pasa por la región, la coca y su dinero, la minería ilegal... Y luego están los madereros que están masacrando a las comunidades. Imagina lo que ha supuesto montar un programa de estas características en una región así: es una de las cosas más satisfactorias de mi vida. Y también hay que agradecer a todas las universidades que se hayan involucrado en este proyecto. 

¿Cuántas personas participan en este programa?

Ahora hay 35 alumnas y alumnos. Pueden parecer pocos, pero el programa tiene un carácter multiplicador inmenso. Cada profesor que va, además de la maestría, tiene encuentros con las comunidades indígenas, las asociaciones de mujeres, sindicatos... Las clases abren sus puertas y aquello se llena. Sobre todo cuando llegan profesores que no son de allí: que la gente de la amazonía pueda conocer a fondo qué pasa en Europa, Estados Unidos, las grandes capitales... Es muy importante. Estamos viendo una frontera viva que se está haciendo todos los días, algo apasionante. Y donde se está creando una identidad trinacional, donde todos hablan las lenguas de las tres países fronterizos más las indígenas... Una mezcla increíble. Y los hijos de esos habitantes son los que ahora llegan a la universidad y se plantean cosas, su identidad, su pensamiento amazónico.

¿Y tiene apoyo suficiente?

Aprovecho para tocar las puertas de administraciones, instituciones y empresas para que nos ayuden a que ese centro siga creciendo. Todas las iniciativas que se puedan plantear son bienvenidas: por ejemplo, enviando técnicos especialistas en agua, residuos sólidos urbanos... Lo que sea, que los envíen. Que hablen con nosotros y allí podamos tratar los temas desde la transversalidad.

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