ENRIQUE MONTERO MONTERO, profesor de la Universidad de Cádiz

"La tecnología es una herramienta magnífica que alguien con criterio debe controlar"

  • La sociedad del conocimiento ni es tan limpia ni es tan verde como se quiere hacer creer · Está sometida a una doble obsolescencia: la que programa la industria y la que imponen las modas · "Cambiar cada año de móvil es una barbaridad", se lamenta Enrique Montero que demanda la reutilización de los equipos. "Una familia con pocos recursos podría comprarse una lavadora por 50 ó 60 euros", afirma.

Enrique Montero,  profesor de Ingeniería de Sistemas de la Universidad de Cádiz, no teme al tabú: la sociedad del conocimiento genera residuos, muchos y muy dañinos. Es una de las escasas voces que habla alto y claro desde la universidad sobre el impacto ambiental de la electrónica. La obsolescencia programada por los fabricantes para que los equipos duren lo justo para mantener su cuenta de resultados y la obsolescencia psicológica que obliga al usuario cambiar ahora y ya de teléfono, de ordenador y hasta de tostadora para mantener un modelo económico y social basado en el consumo repetitivo son parte crucial de su discurso. Señala con el dedo a la industria, pero también al ciudadano que se deja enganchar en la trampa. Demanda a la universidad mayor amplitud de miras para acercarse a la sociedad para ver qué necesita y con la misma nitidez que reconoce que en aulas y laboratorios se trabaja mucho por sueldos que no se aceptarían en el sector privado, admite también que el exceso normativo, la endogamia y el individualismo tienen efectos paralizantes. Cree que la separación de la enseñanza en letras y ciencias es uno de los grandes problemas de este país porque ha dado lugar a una clase política, procedente de la rama jurídica, tecnófoba y con demasiada querencia por crear normas.

–Trabajó 20 años en la empresa privada orientado a la investigación y durante los últimos 20 es profesor universitario pero empeñado en cuestiones muy prácticas. ¿Siempre a contracorriente?

–Pus se ve que sí. En la universidad hay mucho conocimiento pero a veces falta acercarse a la realidad. Aquí todo es muy endogámico: se estudia, se hace la tesis y se trabaja sin conocer otra realidad. La universidad está muy centrada en sí misma, en su trabajo y en su forma de hacer las cosas, no va a la sociedad para ver qué problemas hay y cómo puede resolverlos. Además, el trabajo es muy individual. Yo mismo desconozco qué hace gente de mi departamento. No obstante, aquí se trabaja mucho. Hay gente que trabaja extrordinariamente y con unos sueldos muy menguados por los que no se trabajaría en la empresa privada. Luego falta también liderazgo que se suple con normas. Siempre nos remitimos a las normas pero hay tantas que si le hacemos caso a todas no podríamos hacer nada.

–¿Hay que salir para conseguir recursos?

–También. No podemos ser siempre dependientes de la Administración porque entonces estamos en manos del poder político. Lo razonable es diversificar. Si, por ejemplo, dependes de 17 empresas puedes prescindir de una, pero si todos tus recursos proceden de una estás en sus manos. Nuestra independencia mejoraría saliendo a la sociedad.

–Es una de las pocas voces que habla desde la universidad alto y claro sobre el impacto ambiental del desarrollo tecnológico que siempre se nos presenta como algo limpio y verde.

–El impacto es triple: de fabricación, de uso y desecho. Sin lugar a dudas el de fabricación es el más tremendo sobre todo en la alta tecnología. Es el principal impacto y normalmente se olvida. Cambiar cada año de móvil es una barbaridad, no amortiza el daño que su fabricación produce en la naturaleza.

–Hablamos de obsolescencia programada.

–Cuando un teclado falla yo siempre me pregunto, ¿cómo es posible? Eso no tiene sentido. Es la obsolescencia programada porque la sociedad industrial se basa en el consumo repetitivo y un equipo no puede durar para siempre. Sin embargo, más importante todavía me parece la obsolescencia psicológica, es decir, cambiar de móvil o de aparato electrónico solo por cuestiones estéticas. Es cierto que todo esto también está manipulado, que se ha generado la necesidad de la gratificación instantánea, de querer las cosas ya y ahora. El ciudadano ha caído en esa trampa y también es su responsabilidad. Richard Sennett da la clave en La corrosión del carácter. Se rechaza la tradición, lo antiguo, lo viejo, mientras se realza lo nuevo y la necesidad de cambiar las cosas. Eso es la obsolescencia psicológica en la que ha caído el ciudadano. Hoy día sabemos hacer equipos que duran pero no los hacemos porque no le interesa al fabricante y, además, el consumidor enseguida querrá cambiar por esa cultura de lo inmediato.

–¿Hay un ansia desbocada por la tecnología?

–Antes el creador controlaba lo que hacía, ahora no cuenta. Lo que hay son mercenarios que van de una empresa a otra imponiendo criterios economicistas, así que los equipos se quedan obsoletos porque lo imponen las empresas, la economía, los valores sociales o los gestores. La tecnología es una herramienta magnífica pero tiene que haber alguien con criterio que la controle. Hasta los años 80 la tecnología la dominaba el sector militar. Era un gasto sin retorno. Tras la caída del Muro es el consumo el que domina la tecnología siguiendo esa cultura de economicismo brutal en la que no hay nada a largo plazo.

–¿Qué hacemos con esos residuos? Esas imágenes de montañas de ordenadores arrumbados en parajes ignotos de África son muy elocuentes.

–Hasta ahora hay una gran cantidad de residuos que han salido para África, India o China. El problema es que esos países han alcanzado un desarrollo importante y tienen sus propios desechos pero no cuentan con ningún sistema para gestionarlos. Debemos promover la reutilización. El parlamento Europeo había planteado que el 5% de los equipos que se recojan se preparen y sean reutilizados, es decir que en vez de convertirse en residuos se reparen y vayan al mercado de segunda mano. Nosotros llevamos mucho trabajando en la reutilización para conseguir programadores que permitan reparar fácilmente los aparatos.

–¿Cuáles?

–Los ordenadores y los electrodomésticos de línea blanca son reparables a pesar de los intentos de los fabricantes para que no lo sean. Por ejemplo, los frigoríficos ahora son prácticamente imposibles de arreglar. Tienen remaches en los que no entra ningún destornillador, circuitos de refrigeración embutidos en zonas inaccesibles... Las lavadoras vienen hasta equipadas con bluetooth para accionarla a distancia desde el móvil, como la ropa sucia entrara sola, y todo eso complica mucho una reparación.

–¿Alguna solución?

–La Comisión Europea paró lo que se había aprobado en el Parlamento y lo dejó todo en manos de los gobiernos. Nosotros hemos pedido al Ministerio que el 5% de los aparatos que se recojan se destinen a su reutilización. Eso permitiría que familias sin recursos pudieran comprar una lavadora de segunda mano por 50 ó 60 euros y, además, crearía mano de obra especializada, pero por ahora todo está siendo un brindis al sol.

–¿Qué papel tiene ahí la universidad?

–La universidad obviamente no repara lavadoras pero sí sabe de programación y sí puede crear un chip que permita la reutilización. Claro que con esto no se publica en Science ni se consiguen puntos en la carrera académica, pero sí que se obtendría una gran repercusión social. Lo que le pido a la universidades que se implique en estas demandas. Para mí es una obsesión y ahora con la crisis una gran necesidad fácil de hacer con los aparatos informáticos y los electrodomésticos de marcas blancas. También se podría con los móviles. De hecho hay países como Francia en los que se ceden los sistemas integrados de gestión para que se seleccionen los aparatos que funcionan y se comercialicen.

–¿Qué hacemos en España con los móviles que desechamos?

–Los enviamos a Reino Unido y Alemania. No tenemos un sistema integrado de gestión que permita seleccionar los que sirven, ya sea para un mercado de segunda mano o para enviarlos a otros países. Necesitamos una normativa que regule el mercado de segunda mano. En Francia, por ejemplo, existe y ese es el obejtivo que tengo en la cabeza. Si el mercado de segunda mano se regula permitiría comprar un aparato usado con una garantía y seguridad impecables, pondría esos equipos al alcance de personas con menos recursos y se generaría empleo.

–Pero ni está ni se le espera.

–Los fabricantes no quieren ni soñarlo y las administraciones que podrían favorecerlo tampoco lo hacen, pero socialmente sería muy interesante porque el consumo repetitivo ya no es posible. Tenemos que cambiar de modelo. No podemos seguir vendiendo lavadoras y móviles al mismo ritmo. Este modelo ya no tiene salida.

–¿Y el reciclado?

–Es lo mejor de lo peor. Es decir, es justo mejor que tirar un aparato por un barranco pero no mucho más. Lo importante es la reutilización y la reducción de los residuos. Por lo estudios que he visto, aproximadamente una quinta parte de los frigoríficos que se desechan funcionan. Quiero decir que solo hace falta enchufarlos para que funcionen. Los ordenadores, por ejemplo, habría que enviarlos a un centro de reciclaje donde alguien dijera si sirven o no. Eso sería lo lógico.

–Lidera el proyecto Las dos culturas. Parece usted un hombre del Renacimiento.

–Surgió hablando con una responsable de Planeta. Me dijo que en Cádiz no había iniciativas de este tipo y me dije, ¿cómo que no? y así lo pusimos en marcha. Coincidió con el 50 aniversario de la conferencia que el físico y novelista inglés Charles Percy Snow dictó en Cambridge en la que hablaba de las dos culturas en alusión a las ciencias y letras. Hemos celebrado tres encuentros con ese interés por reunir a los científicos y literatos. Han estado Muñoz Molina, Sabater, Carlos Elías o Marina, entre otros. La primera vez hablamos sobre ciencia y política, la segunda sobre educación, la tercera sobre las fronteras de la ciencias y en cuanto tengamos financiación celebraremos otro encuentro sobre la influencia que tiene la sociedad digital en la formación de los patrones cerebrales de los niños, porque parece que podría tener que ver en cuestiones como la hiperactividad o incluso la empatía.

–¿Por qué unir ciencias y letras?

–Es que es una barbaridad separarlas como se ha hecho en el sistema educativo. Ese es parte del problema que tenemos con los políticos, que son de letras, de Derecho, y por tanto son muy normativos y bastante tecnófobos.

–Desde hace años opera como formador de Cisco...

–Sí, Cisco crea en 2000 el Networking Academy. Se plantea que la mejor forma de vender sus equipos es formar a técnicos y nosotros tenemos la obligación de darle la mejor formación posible a nuestros alumnos, lo que solo se puede hacer teniendo una buena plataforma educativa y una empresa puntera. Algunos sectores lo ven mal, pero nosotros compramos un laboratorio que nos costó dos millones de pesetas y con un grupo de licenciados empezamos a dar los primeros cursos. En 2006 nos convertimos en centro soporte y, orientados a la enseñanza pública, certificamos a los profesores que se encargan de dar los cursos. Ahora somos los primeros en España. tenemos más de 2.000 alumnos en 60 institutos y cinco universidades.

–Nada tienen que ver las redes informáticas con las pesqueras, pero usted maneja ambas tras arrancar un proyecto de gestión de residuos en el Puerto de Motril. ¿Cómo empieza y qué está haciendo?

–Por eso hablo de que la universidad debe abrirse a la sociedad. Hay que salir, que ver qué pasa y cómo se puede ayudar. Me hablaron de los problemas que tienen lo, los visito y en julio empezamos. Se está creando un sistema de gestión de los residuos orgánicos e inorgánicos que traen los barcos de pesca en las redes cuando vuelven al puerto. Por un lado está el pescado procedente de los descartes. Siempre se ha tirado pero desde julio se han enviado 2.000 kilos de pescado al Banco de Alimentos y ahora estamos instalando un punto limpio. Contamos con la colaboración de casi todos los sistemas integrados de gestión (Ecopilas, Ambilamp, Ecolum y Sigaus) salvo Ecoembes que se ha negado, lo que me parece una inmoralidad. Estamos viendo también un sistema de valorización de los residuos, ya sea el aceite, las redes o los palés de madera para conseguir algún retorno para la cofradía que también lo está pasando mal. El objetivo es crear un modelo ambiental y socialmente sostenible. En este proyecto me he apoyado mucho en catedráticos y expertos de la universidad y en el decano de Ciencias del Mar de Cádiz porque yo, realmente, de pesca y de puertos no sé nada.

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