La vida desconocida de las profundidades

  • La expedición Malaspina revela que entre los 500 y 1.000 metros de profundidad se acumulan cantidades de peces hasta ahora insospechadas, mientras que descubre una vasta riqueza biológica en el océano profundo, donde solo el 20% de los microorganismos localizados eran conocidos hasta ahora.

Pez linterna, una de las variedades que se localizan en la zona mesopelágica de los océanos

El océano profundo es un espacio ignoto, oscuro y desconocido. El el último lugar inexplorado de la Tierra. Arranca a 1.000 metros de profundidad y puede llegar hasta los 6.000 metros en puntos del océano Atlántico. La comunidad científica apostaba por la falta de vida en ese medio hostil con temperaturas inferiores a los cuatro grados, sin luz, poco oxígeno y alta presión. ¡Nada menos cierto! “Si reuniéramos todos los microorganismos que viven en esas profundidades podríamos comprobar que pesan más que los del resto del planeta”, resume Juan Ignacio González Gordillo, investigador de la Universidad de Cádiz experto en zooplacton que ha participado en la expedición Malaspina, el proyecto español más ambicioso de la historia moderna en el campo de las ciencias marinas.

Entre las aportaciones más sorprendentes de Malaspina resalta el descubrimiento de importantísimas concentraciones de virus, bacterias y protozoos en las zonas más profundas de los océanos. “Sólo el 20% de los miroorganismos que hemos localizado eran conocidos”, subraya Fidel Echevarría, científico que coordina el Campus de Excelencia del Mar (Ceimar). “El 40% de los genes analizados son nuevos para la ciencia”, concluye.

Juan Ignacio González Gordillo recuerda su sorpresa cuando empezaron a observar con el microscopio las primeras muestras de agua. “Había células de algas que, en principio, no debían estar a esas profundidades donde la oscuridad es absoluta”. Hasta ese momento se pensaba que las microalgas únicamente vivían en las zonas iluminadas del océano en las que tenían garantizada la fotosíntesis, si bien estaban sujetas a un proceso de sedimentación que lenta e inexorablemente las conducía hacia los fondos marinos, un viaje durante el que morían y se desintegraban. La expedición Malaespina, sin embargo, ha demostrado que en esas profundidades la vida bulle. “Hemos visto que hay mucha biomasa viva, mucha materia orgánica que baja a una velocidad significativa porque no se desintegra y que está dispuesta para alimentar otros microorganismos” . “Es como un maná que llueve desde las capas superiores y que en gran medida es indispensable para mantener la vida marina en estas zonas”.

Los interrogantes que abre el descubrimiento de ese universo de seres vivos mínimos del océano profundo son posibles gracias a un invento patentado por González Gordillo durante los preparativos de la expedición. La cantidad de investigaciones desarrolladas simultáneamente en el buque Hespérides, sumada a las dificultades para recoger muestras a gran profundidad y los altos costes (30.000 euros cada día de navegación) convertía “un mililitro de agua en oro. Tomar muestras a 4.000 metros para ver microorganismos en principio no era posible”.

El asunto tenía tal envergadura que se trató durante una reunión de la red de plancton involucrada en el proyecto. El equipo almorzó después en un asador del Puerto de Santa María y allí, sobre una servilleta de papel, surgió el embrión de un sistema que ha permtido tomar de forma simultánea diferentes muestras a profundidades distintas.

Otro de los descubrimientos inmediatos y asombrosos que ha aportado la expedición Malaspina ha sido la importante densidad de peces que viven entre los 500 y 600 metros de profundidad. Cada noche suben a la superficie, se alimentan y vuelven a bajar. “Es la migración más grande que existe en el planeta”, puntualiza Juan Ignacio González Gordillo. Rememora las grandes migraciones de ñus en África tan recurrentes en los documentales para poner el acento en la magnitud de los trayectos que cada día recorren los peces de la zona mesopelágica de los océanos “de forma sincronizada con la rotación de la tierra”.

Ejemplar que vive entre los 500 y 1.000 metros de profundidad.

En esa masa de organismos se localizan, entre otros, peces linterna, denominados así por la bioluminiscencia que irradian, de longitudes inferiores a los 10 centímetros, y pequeños crustáceos parecidos a los camarones. La comunidad científica sabía de su existencia, pero no había podido cuantificarlos a causa de la habilidad y agilidad que despliegan estas especies para escapar de las redes utilizadas en las capturas que se realizan para la investigación.

En esta ocasión, sin embargo, se han utilizado sondas acústicas que han permitido tasar su presencia en los océanos en 200 gigatoneladas (una gigatonelada equivale a mil millones de toneladas). Este hallazgo ha sido descrito en un artículo publicado en la revista Nature.

Juan Ignacio Sánchez Gordillo observa tanto los microorganismos de las grandes profundidades como los peces de la zona mesopelágica como eslabones de una cadena trófica mucho más amplia y rica de lo que se podía intuir. “Al océano profundo llega mucha más biomasa y alimento de lo que secreía”, resume.

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