UNIVERSIDAD DE SEVILLA

Las conductas antisociales, una realidad común en la adolescencia

Un estudio de Lucía Antolín realizado entre 2.400 estudiantes de Secundaria relaciona estos comportamientos con la baja tolerancia a la frustración o las dificultades en la toma decisiones entre los jóvenes de 12 a 17 años

Juan Parejo
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La investigadora Lucía Antolín Suárez.

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La conducta antisocial de chicos y chicas adolescentes está muy relacionada con determinadas características personales, como la baja tolerancia a la frustración o las dificultades en la toma decisiones. También destacan variables ambientales, tanto en la propia familia como en la comunidad, que pueden actuar como importantes factores de riesgo o prevención ante estos comportamientos antisociales. Así lo indica un estudio realizado por la profesora del grupo de investigación de Procesos de Desarrollo y Educación en Contextos Familiares y Escolares de la Universidad de Sevilla, Lucía Antolín Suárez, que está recogido en la tesis doctoral titulada La conducta antisocial en la adolescencia. Una aproximación ecológica, dirigida por Alfredo Oliva Delgado, y realizada por la profesora Antolín, trabajo que ha sido galardonado con el Premio Extraordinario de Doctorado por la Universidad de Sevilla y para el que se contó con la participación de un total de 2.400 estudiantes de enseñanza Secundaria de diferentes localidades de Andalucía occidental.

Los resultados de la investigación señalan que la aparición de conductas antisociales es una realidad frecuente entre los jóvenes andaluces, aunque mayoritariamente se trata de conductas leves, incluso en la mayoría de los casos, prohibidas únicamente a causa de la edad, como beber, fumar, o entrar en determinados locales.

Partiendo de una amplia variedad de conductas antisociales adolescentes, los análisis ponen de manifiesto que se pueden clasificar en tres tipos: las agresivas, las de robo y destrucción de la propiedad, y las de violación de normas. Las conductas agresivas y las de violación de normas son las más frecuentes entre adolescentes de 12 a 17 años, frente a las de robo y destrucción de la propiedad que muestran una menor incidencia. “Esto puede explicarse porque tienen un carácter más leve. Están muy relacionadas con la edad del sujeto y van aumentando a lo largo de la adolescencia. Son conductas aceptadas y consentidas por el grupo de iguales, aunque eso no quiere decir que los tutores y educadores no tengamos que intentar reducirlas y erradicarlas. El robo está presente en un porcentaje mucho más reducido. Aumentaba un poco al principio de la adolescencia para luego mantenerse constante”.

Los datos obtenidos por la profesora Antolín reflejan también que la mayor prevalencia de conductas agresivas está motivada en gran medida por los niveles manifestados en conductas de agresión verbal (insultos, amenazas, discusiones…) y que los distintos tipos de conducta antisocial siguen diferentes trayectorias evolutivas a lo largo de la adolescencia. Además, “los resultados pueden ser muy útiles de cara a la práctica profesional porque ayudan a definir con mayor exactitud cuál debe ser el foco de la intervención”, destaca esta investigadora.

Atendiendo a cuestiones de género, la investigación pone de manifiesto que la prevalencia de agresiones, robos y destrucción de la propiedad sigue siendo mayor en chicos que en chicas adolescentes, aunque las diferencias encontradas son menores a las mostradas por estudios previos, mostrándose un acercamiento de patrones conductuales. Además, cabe resaltar que no se encontraron diferencias ante la emisión de conductas de violación de normas porque tanto chicos como chicas las emiten con la misma frecuencia, aunque sí se ha podido constatar en el análisis de los datos que las chicas empezaban en un nivel más bajo que los chicos para luego superarlos.

Por otra parte, el estudio de la profesora Antolín ofrece importantes claves de cara a la intervención, como el desarrollo de un instrumento de evaluación del comportamiento antisocial adolescente y el análisis simultáneo de una amplia gama de factores presentes en la vida de los jóvenes. Así, se ofrece una escala de conducta antisocial adaptada y baremada y numerosos datos sobre la implicación de variables de distinta naturaleza -personales, familiares, escolares, comunitarios y del grupo de amigos- que ponen de manifiesto la necesidad de promover programas de prevención que incidan de manera sincronizada en diferentes niveles de intervención entre los que no debe olvidarse la familia, el colegio y la comunidad. En palabras de la investigadora “este enfoque conocido como multisistémico ha sido adoptado por las administraciones públicas de muchos estados norteamericanos y parecen estar encontrando resultados alentadores. Hay que intervenir en todos los contextos”.


Esta investigación se encuentra enmarcada en un estudio más amplio sobre desarrollo positivo adolescente que fue financiado por la consejería de Salud de la Junta de Andalucía. Este modelo de desarrollo positivo adolescente resulta muy prometedor según los datos de este estudio, tanto para la promoción de la competencia y la salud como para la prevención de los comportamientos problemáticos, ya que la conducta antisocial fue significativamente menor en aquellos jóvenes que tienen más desarrolladas las competencias fomentadas desde este modelo. Esto sugiere que, sin negar la importancia de intervenir a través de la eliminación de factores de riesgo como se postula desde el modelo de déficit, la implementación de programas globales de desarrollo positivo adolescente es una alternativa que también puede resultar eficaz para la prevención del comportamiento antisocial, al mismo tiempo que dota a los jóvenes de los recursos y competencias necesarios para la promoción integral de su salud mental. 

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