Sentido crítico

Pedro Roque Molina García

Rector de la Universidad de Almería

Me gustaría dedicar este último artículo como rector, (ya está próxima mi jubilación), a reflexionar sobre el papel, en un sentido profundo, de la universidad. A mi modo de ver, Europa ha institucionalizado el trabajo de la inteligencia en forma de institución universitaria, lo que supone una responsabilidad moral y social de nuestra propia actividad intelectual. Pienso que hoy más que nunca, una universidad en el contexto andaluz, español, europeo y también en el iberoamericano y mundial, debe luchar por asegurar su participación en el liderazgo moral e intelectual, como una institución que cultiva la inteligencia, en paralelo a su vocación de formar buenos profesionales.

La encomienda que una sociedad pone en manos de las universidades, destinando a ellas cuantiosos recursos, lleva aparejada la responsabilidad por cuanto hacemos y por lo que no hacemos y la necesidad de rendir cuentas de nuestra gestión. La sociedad confía en sus instituciones de enseñanza con la seguridad de que puede contar con nuestras capacidades para prestar un servicio público que en el momento presente no ya es esencial, sino que parece que de él depende buena parte del futuro económico, social y político de la sociedad mundial.

La responsabilidad moral de la universidad y de los universitarios consiste en el imperativo de atenerse a la realidad, de respetarla y contar con ella, aun cuando sea para transformarla radicalmente y de arriba abajo. Nuestro sentido de realidad no puede embarcarse en utopías absurdas ni en un chato conformismo con lo que hay; es preciso saber hacer que transforme el mundo de acuerdo con la legalidad de las cosas. Pero también la universidad debe promover e inculcar valores para que estos cobren carne y sangre en nuestros estudiantes y puedan transmitirlos a toda la sociedad. Responsabilidad es hacer frente a las demandas sociales, que no tienen por qué coincidir con la de los mercados y sí con el desarrollo integral de los individuos y pueblos de la tierra.

Por ello, me gustaría hacer una llamada de atención sobre una posible deriva que puede tomar la sociedad del conocimiento, volcada a sobrevalorar los criterios cuantitativos sobre los cualitativos, los rankings y balances de resultados, los fríos números y las estadísticas, en detrimento de otros criterios más fundamentales e importantes, a mi modo de ver, de la misión de la universidad. Está claro que nuestros objetivos se centran en la capacitación profesional de nuestro estudiantes, pero creo que no se deber perder de vista la formación integral y el desarrollo del sentido crítico.

Buscamos a personas que sepan liderar el cambio económico, social y político que se está precipitando. No sirve de nada o de muy poco una buena instrucción si no formamos al unísono a ciudadanos y ciudadanas que supongan un ejemplo de laboriosidad, honestidad y autoexigencia. La universidad del inmediato futuro no puede ser sólo una fábrica de expertos y de peritos, sino una institución donde el saber, la investigación, la innovación y la transferencia estén puestos al servicio de la sociedad, mediante una capacidad de liderazgo en el proceso de regeneración moral que la sociedad demanda, especialmente a aquellos que tiene la mayores responsabilidades directivas. Por eso la formación universitaria tiene que estar presidida por un elevado sentido, a transmitir a nuestros alumnos, de la equidad y la justicia, de un renovado interés por la regeneración social de nuestro entorno, que nos permita afrontar los retos que el inmediato futuro nos va a plantear.

Me van a permitir que, en mi condición de catedrático de filosofía, haga una llamada para que no dejemos en el olvido la importancia, junto con nuestra atención natural a la ciencia y la tecnología, a los estudios y saberes sociales y humanísticos porque ninguna universidad que se precie, en el contexto actual, ha renunciado a la promoción de lo que, en palabras de la filósofa norteamericana Marta Nussbaum, se llama el cultivo de la humanidad. Que nadie pueda decir que la formación integral de las personas ha sido un objetivo que ha dejado de ser estratégico. 

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