Caloret

La infortunada Rita Barberá, un personaje digno de House of Cards pasado por una paella del Moros y cristianos de Berlanga, ha tenido un final a la altura de sus excesos mediáticos, esas escenificaciones que le reportaban tantas antipatías nacionales, con la incomprensión sobre la popularidad que gozaba entre muchos de sus paisanos. Ella ejemplifica con sus cardados y miradas de reojo, con sus generosos botes falleros, la merendola pantagruélica de diez años atrás. La inopia del despilfarro y los cheques con longanizas. Sólo por la imagen ya había sido juzgada de antemano. Sus gestos desbordados, con la sobreexposición en los bucles cansinos de las tertulias, terminaban de martillear en la opinión pública.

En la pendiente le conocimos el verdadero carisma. Muchos la estaban esperando en la cuesta abajo. Para una bronca en España todo el mundo se apunta, porque ahora es muy fácil escupir sobre una pantalla. La decadencia de la alcaldesa faraona marca el ocaso de ese populismo de Punto Roma, de esa generación de alcaldes de plantillas abultadas, compadres, presupuestos infinitos y obras sin medida que hemos vivido en tantas ciudades. Era esencia de casta, que diría el que no se atrevió a darle un minuto de respeto por su alma. En España queremos tener unos políticos con el estilo de Borgen y lo que no sale es como mucho una asamblea de La que se avecina.

Rita ha dicho adiós a unos metros del Congreso, con todos los reporteros y cámaras concentrados de antemano, con todos los matinales con el piloto encendido, sin sospechar lo que se les venía encima. La sorpresa dolorosa llevó a antiguos compañeros de partido a condenar al mensajero, a dentellar contra los periodistas como únicos responsables de un juego tan sucio como la soberbia del entorno de esta finada. Son reproches fariseos que vienen a sumarse a este griterío venenoso donde incluso un desplante maleducado es capaz de generar leña televisiva durante horas. Ni mártir. Ni corrupta solitaria. Esdrújula. Excesiva en todo.

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