Un año y un siglo para Frank Sinatra

  • Se cumplen 101 años del cantante más carismático de la música comercial, con una biografía marcada por sus mujeres.

La Voz, qué tópico. Un sobrenombre mundial que todo el mundo acepta aunque fue una invención de la propia agencia de Sinatra . Él se autodenominó La Voz. Era un pimpollo de Nueva Jersey que se había convertido en el gran ídolo juvenil de un país metido hasta las cejas en la Segunda Guerra Mundial. La gente también quería escapar de los dramas diarios y las sinatratics se desmayaban, o hacían como si se desmayaban, cuando sonaba la voz del chico pandillero llegado desde la otra orilla del río Hudson, en Hoboken.

Un buscavidas que fue escalando desde los tugurios y orquestinas hasta ser la estrella musical de Estados Unidos. Nació hace 101 años. Tal día como hoy, 12 de diciembre. La Gran Guerra europea quedaba aún bien lejos de Estados Unidos mientras llegaban a mansalva los refugiados del continente desangrado. Los Sinatra habían emigrado desde Sicilia. Frank era hijo de una comadrona genovesa, Dolly Della Garaventa, que era soltera cuando dio a luz, en un complicado parto que estuvo a punto de llevarse a ambos por delante. Anthony Sinatra, padre de quien sería hijo único, se casó por fin con Dolly en 1923, con todos los obstáculos familiares. El chiquillo se crió casi sin la presencia de sus padres, con las nanas de Mrs. Golden, la mujer que le inculcó la curiosidad musical. Ante el Comité contra el Crimen admitió un remoto vínculo mafioso Ya todo lo tuvo más al alcance en el bar de copas del señor Sinatra, bombero de día y cantinero de noche. Un mundillo canalla con el que el pipiolo de Frank se sentía en su salsa. El sinatrismo parecía un fenómeno natural, una resolución sencilla de la ecuación formada entre talento, desparpajo, carisma y también un empujón de influencias, como lo retrató Coppola en El padrino.

Frank, de tan peligrosas amistades, llegó a poseer participaciones en casinos y hoteles de Nevada por los que tuvo que declarar ante el Comité Especial contra el Crimen. En aquel momento, a principios de los 60, años de remontada y de Rat Pack, reconoció que su vínculo con la mafia era juvenil, remoto y más bien indirecto. Sinatra  es historia de Estados Unidos del siglo XX, idas y venidas, cumbres, glorias, descensos y redenciones, atisbos de lo que es el nuevo presidente, Trump. Y Frank siempre temía ser arrastrado a la cuesta abajo. Lo había sufrido a finales de los años 40, cuando ya no bastaban las chicas histéricas y las ambulancias ante la puerta de los teatros para llamar la atención. La Voz declinaba y nadie daba un centavo porque volviera a ser lo que fue. Pero Frank, el siciliano, siempre volvía y cuando lo tenía todo en contra se hizo un hueco en Hollywood para hacer el papel de su vida en De aquí a la eternidad, con el que alzó el Oscar en 1954. Un tipo de siete vidas a lo largo de sus 82 años. Contestatario, mordaz, como sus amigos de pandilla en Las Vegas, juerguista a ultranza, ciclotímico como pocos, su fama de castigador no era en balde, aunque sus agentes regalaban a las revistas una vida de colorines junto a sus esposas.

La trastienda, que no hacía falta verla por la ranura, era una existencia de montaña rusa sentimental. Pero después se subía al escenario y era siempre el rey. Un rey perfeccionista, que había trabajado siempre con los mejores, observador de las modas y angustiado siempre con sufrir el fracaso. Su única actuación en España, en 1986, con la voz precisamente entre imperdibles, fue en un Bernabéu semivacío, pero es de esos acontecimientos que al estilo de lo de Los Beatles en Las Ventas están en un pedestal de las crónicasmusicales. Sinatra fue la gran estrella de la radio y en su remontada, también de la televisión. En 1961 se hizo coincidir con Elvis en su show. Una alineación de grandes estrellas en diez minutos impagables. Hoy es el centenario y un año de Frank Sinatra. Nunca un siglo fue tan joven.

‘Marxista’ en su recta final

Con Marx abrazó el catolicismo. Bueno, con Marx y debido a la traumática muerte de su madre en un accidente aéreo, en 1977. Frank Sinatra  venía de vuelta cuando se desposó con Bárbara Marx en 1976. Tantos excesos y tanto camino a ninguna parte llevaron al cantante a buscar refugio en la seguridad que le daba la ex esposa de Zeppo, cuñada de Groucho Marx, el gran marxista de la historia. Bárbara le acompañó hasta su fin, en 1998, cuando La Voz podía evocar como una lista de reyes godos su cantidad de mujeres que le acompañaron entre las sábanas. Por citar algunas pieles ilustres, Judy Garland, Marilyn Monroe o Lauren Bacall. Y muchas otras chicas más o menos desconocidas.

En 1939 el líder de las sinatratics aún no era alguien, era un joven con posibilidades, bien situado, cuando se casó con una novia de las de toda la vida, Nancy Barbato, la que embarazada de Nancy, futura componente de duetos con papá, perseguía a su marido en sus giras. Pero ella misma sabía de la actitud castigadora de su esposo que aún muchos años después de su separación recalaba en casa para que le hiciera espaguetis. Nancy era el hogar, la casa donde se criaba el pequeño Frank, que sufrió un fugaz secuestro. El padre perdía la cabeza con las señoras, pero la que realmente le daba en el corazón, y en el hígado, fue Ava Gardner, con la que se casó en 1951. Con la bellísima actriz vivió un atormentado matrimonio de siete años en los que intentó suicidarse al menos en dos ocasiones, en 1951 y en 1953, por sentir el desamor de su tigresa cónyuge. No pintaba bien ni en lo amoroso ni en lo profesional, pero al final salió fortalecido. Y un tanto sin alma. A Elizabeth Taylor le exigió que abortara cuando la dejó embarazada.

Frank era un soltero de oro y la chica de la tele, Mia Farrow, la protagonista de la serie Peyton Place, le encandiló con sus visitas al plató de El coronel VonRyan,película que también se rodó en rincones andaluces como el ahora reconocido Camino del Rey. Un caminito para un monarca: Sinatra entregó su amor a la joven Mia, con 30 años de diferencia y 5 años menos que su hija Nancy. Lo de Farrow, estaba cantado, fue efímero, trece meses, entre 1966 y 1968. Un matrimonio abocado al desastre, aunque la joven esposa aprovechó la circunstancia para lanzarse al estrellato del cine y encontrar siempre la protección de su amado, incluso en sus crisis ya tardías con Woody Allen. Los achaques de salud, especialmente con una enfermedad degenerativa, llevaron al inquieto Frank a buscar corazones más confortables y ahí le esperaba, de nuevo, en la recta definitiva de la carretera, Bárbara, Marx, amante de juventud que terminó pasando por el juzgado en la conversión de aquel sinvergüenza de Hoboken que al menos hasta el último minuto siempre fue fiel a sí mismo.

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