La colmena

Acoso en la Universidad: mano dura contra los babosos

No es un caso aislado. Ni en la UGR ni en la Universidad española. Aunque no hablamos de la alarma social de las violaciones de las 'manadas' y tampoco reviste la gravedad de los vergonzantes casos de pederastia en el seno de la Iglesia, resulta igual de deleznable. Por lo que supone, por lo que oculta y por lo corresponsables que nos hace a todos. A los que sufren y callan; a los que lo intuyen y miran para otro lado; a los que no se atreven a dar la voz de alarma. Porque todas estas prácticas se alimentan de unas distrofias sociales muy similares: la superioridad de quienes se sienten con fuerza física o autoridad moral para abusar; el machismo en unos casos y la humillación, siempre.

Los "babosos", como clamaban esta semana cientos de estudiantes a las puertas de la Facultad de Ciencias de la Educación, tienen que estar fuera de las aulas. Y no hay una imagen más contundente que una babosa verde, escurridiza y repugnante para ilustrar el clamor de toda la comunidad universitaria exigiendo "tolerancia cero" contra el acoso en los Campus.

Sí, la chica que ha denunciado esta semana a un profesor de por insinuarse, por sobrepasarse en tutorías forzadas y por perseguirla con inapropiados mensajes intimidatorios en el móvil "es una valiente". Lo decían sus propios compañeros estos días todavía consternados por la noticia que Granada Hoy desveló el pasado domingo. Valiente por denunciar y valiente por tener la fortaleza de exponerse en una segunda ocasión a una tutoría con el docente para grabar su comportamiento; para sacar a la luz su inapropiado comportamiento con "pruebas".

Los grandes cambios siempre surgen desde abajo y de casos puntuales. Pasó en Boston con la pederastia y ha de pasar ahora con esta denuncia que, en cuestión de horas, se ha multiplicado destapando los "comportamientos raros" de este profesor en el aula, convirtiéndose en un revulsivo para que otras alumnas se hayan atrevido a seguir el camino de la denunciante y desatando un movimiento de repulsa generalizado en toda la comunidad universitaria. Ya no vale, además, con llevar el caso a la Unidad de Igualdad, abrir una investigación interna y dar una patada al incómodo asunto hacia adelante.

La investigación está ya en manos de la Fiscalía. Se desprende de las ataduras endogámicas de la Universidad y salta al implacable escrutinio de los tribunales. Como ha hecho el papa Francisco asumiendo el arraigo y podredumbre de las prácticas de pederastia y la necesidad de lanzar un mensaje de que la Iglesia también ha de someterse a la justicia de los hombres.

En el caso de la UGR, ha sido la propia rectora la que ha firmado la denuncia con el respaldo de todo su equipo. Ocurre cuando es una mujer la que está al frente de la institución centenaria, ocurre a poco más de un mes de unas elecciones para revalidar su gestión el segundo mandato preceptivo -no hay aspirantes para disputarle el sillón del Hospital Real pero la legitimidad de los votos importa- y ocurre, por encima de todo, porque no son tiempos de tapar y ocultar. Porque la falacia, asumida por todos, de que en la Universidad "nunca pasa nada" no es real. Porque (también) en los campus hay que enterrar las pesadas cadenas de la mal entendida autoridad, bajar de las tarimas y quitar a las togas el olor a alcanfor.

Las denuncias por acoso sexual en la Universidad no son, además, un caso aislado ni tampoco nuevo. En las conversaciones de cafetería de estos días, son pocos los centros que no están recordando algún caso más o menos cercano. Y, si echamos la vista atrás, hay algunos episodios que casi se han convertido en contrahistoria de la Universidad: como el caso del profesor de Derecho que en los años 80 solía bromear el primer día de clase diciendo a los alumnos que en su asignatura "los chicos tenían una forma de aprobar y las chicas dos". Como el profesor de Farmacia ya jubilado que, persistentemente, llamaba a las universitarias a revisar los exámenes y nunca a sus compañeros...

El profesor que ha colocado esta semana a la UGR en el foco mediático nacional está de baja. No se ha publicado su nombre pero su "conocida tendencia a que se le fueran las manos con las alumnas" le precede. En Ciencias de la Educación, todos intuyen quién es. Precisamente, un catedrático de Didáctica y Organización Escolar, uno esos departamentos que nacieron en las universidades nutridos por religiosos...

"Escarmiento". Es una de las palabras que más se oyen dentro y fuera de las facultades. El mismo jueves, Pilar Aranda confirmaba que el caso llegaría a los tribunales corroborando lo que ya había avanzado unos días antes a los medios: "Tras un exhaustivo trabajo de investigación de la Unidad de Igualdad e Inspección de Servicios de la UGR, hemos decidido trasladar la información recabada a la Fiscalía Provincial para que, con sus medios, investigue los hechos denunciados por varias estudiantes".

Este caso debe servir de ejemplo y de advertencia. Sí, de "escarmiento". Pero en una doble dirección. Los últimos informes son alarmantes: dos de cada tres españolas son víctimas de acoso. El 63,5% de las mujeres admiten haber sufrido situaciones de acoso físico o psicológico y un 26% de ellas declaran haber sido en algún momento víctimas de agresiones físicas o sexuales. Sólo el 8% denuncia... La Universidad tiene que estar a la altura reforzando los controles y protocolos de actuación pero todos tenemos que reaccionar concienciándonos de que el acoso no es ningún problema menor; es sólo el primer escalón. Y sí, necesitamos más chicas valientes dispuestas a denunciar. Porque, con los "babosos", también hay que acabar.

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