cómics

La rebelión de los soñadores

  • Los autores señeros de Bruguera fundan 'Tío Vivo' en 1957 para dejar atrás un monstruo explotador. Ibáñez y otros fueron punta de lanza en el reconocimiento de los derechos de autor.

Detalle de una de las primeras portadas de Tíovivo. Detalle de una de las primeras portadas de Tíovivo.

Detalle de una de las primeras portadas de Tíovivo.

Esta es la historia real que gira en torno a un tebeo nacido en 1957, a partir de la rebelión de los soñadores, que causó grandes quebraderos de cabeza: Tío Vivo, semanario de humor para mayores. Los dibujantes estrella de Editorial Bruguera (Escobar, Peñarroya, Conti, Cifré y Giner), hartos de que no se reconozca su trabajo, deciden independizarse para fundar su propia revista, con la que no sólo buscan un modelo de negocio más justo para los artistas, sino también dar un tono más adulto y crítico a sus historietas.

En las páginas de este cómic, el valenciano Paco Roca explica la relación de Bruguera con sus dibujantes. En el franquismo, en Editorial Bruguera se trabajaba sin parar, cobrando a tanto por página (o viñeta). Los dibujos originales eran propiedad de la empresa y los dibujantes estaban obligados a renunciar a los derechos de autor. A cambio recibían un sueldo con el que ir tirando.

Durante el franquismo, los historietistas soportaban muchas injusticias: la censura coartaba su creatividad, el trabajo era excesivo y mal pagado. Al trabajar para la editorial, sólo cobraban por la página que hacían y cuando la hacían, aunque se reeditara y se volviese a vender al lector. Si cambiaban de editorial no tenían derecho a dibujar a sus personajes. Es como decirle a Pérez-Reverte que no le pertenece El Capitán Alatriste.

Rafael González fue periodista en diarios como La Noche o La Vanguardia. Durante la Guerra Civil hubo de exiliarse en Francia. Volvió a España, pero seguía obligado a alejarse del periodismo. En 1946 entró en la Editorial Bruguera, donde escribió guiones para historietas como El Inspector Dan y El repórter Tribulete. Pero sobre todo, sería el director editorial de la misma hasta 1978. Él es quien se enfrenta a los dibujantes rebeldes, y aparece en estas páginas como un amargado que ha dado toda su vida a la editorial y que a cambio lo pierde todo.

Editorial Bruguera crecía, y se alejaba de la empresa familiar que acogió a perseguidos del franquismo para convertirse en un monstruo explotador de dibujantes.

Mención aparte merece Vázquez, que acepta la derrota sin luchar. Queda retratado como un golfo gracioso, pero también como un cobarde. Un talento caradura cuya vida mereció una película (El gran Vázquez, Óscar Aibar, 2010).

Aparecen también un primerizo Ibáñez, un inseguro Víctor Mora y su futura esposa Armonía, y González Ledesma (recordado por el seudónimo Silver Kane), entre otros secundarios de lujo.

Paco Roca desgrana la personalidad de cada dibujante, complementada con una representación gráfica basada en las caricaturas que los propios dibujantes hacían de sí mismos.

En la portada de El invierno del dibujante hay un guiño a la del primer número de Tío Vivo: en ambas salen autobuses de dos plantas que realizan el mismo trayecto.

El libro lo forman ocho capítulos, cada uno situado en una estación del año, como se aprecia en el color de las páginas del libro: azul para el invierno, rosa para la primavera, amarillo para el verano y marrón para el otoño. Se juega con los flashbacks, alternando escenas de presente (invierno de 1959) y pasado (verano de 1957) y un epílogo ambientado en el futuro (1979). Además, el cambio del color del papel es un homenaje, ya que así se hacía en los tebeos de la época.

Para quien tenga curiosidad por saber qué pasa después de este libro: Francisco Ibáñez abandonó Editorial Bruguera en 1985, y logró que un tribunal prohibiera editar o reeditar historietas de Mortadelo y Filemón, cortando así la principal fuente de ingresos de la empresa. Este fue el golpe de gracia para Bruguera, que venía arrastrando problemas monetarios debido a la crisis económica, como muchas empresas españolas de la época.

El Grupo Zeta compró Bruguera y todo su archivo, marcas, etcétera, por el precio simbólico de una peseta de 1986. A cambio, se queda con todas sus deudas y crea Ediciones B (B de Bruguera).

A partir de ese momento, Francisco Ibáñez (Mortadelo), José Sanchís (Pumby), Víctor Mora (Capitán Trueno), Jan (Superlópez) y otros, fueron la punta de lanza para que a todos los historietistas españoles se les reconocieran por fin su propiedad intelectual y derechos de autor, y algunos de ellos volvieron a Ediciones B.

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