Más mujeres y los mismos muros

  • Las mujeres representan el 54% del alumnado universitario, pero únicamente suponen un tercio del profesorado y ocupan el 22% de las cátedras en Andalucía · Los puestos de responsabilidad siguen en manos de los hombres incluso en áreas de conocimiento feminizadas desde hace décadas.

Jo Handelsman, bióloga molecular de la Universidad de Yale (Estados Unidos), publicó en septiembre de 2012 un artículo en el que demostraba clara y abiertamente que las oportunidades profesionales y académicas de una mujer son notablemente inferiores a las de un hombre en el mundo de la ciencia. Haldelsman y su equipo inventaron un currículum y dos nombres: John y Jennifer que enviaron a investigadores y jefes de departamento de las principales universidades esadounidenses. El resultado fue demoledor: la competencia y empleabilidad de John fue significativamente mejor valorada que la de Jennifer, quien, además, tuvo menos candidatos dispuestos a mentorizar su carrera científica. Aquel estudio también puso de manifiesto diferencias sustanciales en los salarios. Por ejemplo, un matemático en Estados Unidos cobra hasta 14.000 dólares menos que una matemática.

Las mujeres son mayoría en las aulas universitarias desde hace cerca de dos décadas. Pero ahí se queda su prevalencia. Una vez que acaban los estudios, la presencia femenina en la universidad cae brutalmente hasta el punto de que únicamente el 22% de las cátedras en Andalucía las ocupan mujeres y todos los indicios apuntan que esto no lo cura el tiempo.

Catalina Lara, catedrática de Bioquímica de la Universidad de Sevilla y presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT) en Andalucía, recuerda el experimento que hizo Yale con los supuesos Jonh y Jennifer y apunta que existe “un error de base que muchas veces propagamos las propias mujeres y es decir que esta cuestión es consecuencia de la incorporación tardía de la mujer a la universidad y que se resolverá con el tiempo”.

Las estadísticas oficiales más antiguas de acceso abierto (INE e IEA) indican que en el curso 1998/1999 las andaluzas que cursaban estudios universitarios eran 132.225 y ya representaban cerca del 52% del alumnado. En aquel momento se dedicaban a la enseñanza universitaria 4.244 mujeres (30,6%) en Andalucía.

Trece años después el panorama ha cambiado poco. En diciembre de 2012 había 130.402 alumnas (54,8%) y 6.139 mujeres en la docencia superior (36,5%). Es decir, la presencia femenina entre el profesorado ha crecido en apenas seis puntos a pesar de que las mujeres representan más del 50% de los titulados andaluces y en áreas como Ciencias de la Salud (57%), Ciencias Sociales y Jurídicas (56,5%) o Humanidades (55%) suponen una abrumadora mayoría. Incluso en territorios supuestamente masculinos como las ciencias experimentales el número de tituladas ya supera el 50%.

Estos porcentajes, no obstante, aluden a las cifras globales, sin tener en cuenta cómo es esa distribución dentro de la enseñanza. Si el foco se dirige hacia ese aspecto las distancias son todavía más significativas. Las universidades andaluzas tienen 418 catedráticas (21,9%) y la media nacional es aún más raquítica (18%).

La Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (Fecyt) ha estudiado la presencia de las mujeres en la ciencia entre 1986 y 2005 para descubrir que durante 20 años la cifra de catedráticas de universidad ha crecido únicamente un 5,8%, pese a que durante esos años las aulas se llenaron de alumnas.

Ni siquiera las áreas de conocimiento con más tradición de mujeres logran salirse de esta tendencia. La Universidad de Granada en su último diagnóstico de género analiza pormenorizadamente dónde y cómo están las mujeres en la institución, y recoge circunstancias sorprendentes como algunos casos con menor proporción de mujeres jóvenes en puestos destacados. En este sentido ha comprobado que hay más catedráticas en ciencias de la salud en el tramo de edad comprendido entre los 50 y 59 años (31,2%) que entre 40 y 49 años (20%) .

El informe también pone de manifiesto que en ciencias sociales y jurídicas, en el tramo comprendido entre los 30 y 39 años no hay ninguna mujer catedrática. Igual sucede en este mismo segmento y categoría en el caso de las ciencias experimentales

Catalina Lara advierte que hay sectores de conocimiento en el que las mujeres están presentas desde hace casi 40 años sin que el paso del tiempo haya contribuido suavizar los obstáculos que encuentran. “Si fuese así ya habría áreas en las que las mujeres representarían el 50%. Aquí sucede otra cosa” y recuerda que el experimento con John y Jennifer en la Universidad de Yale pone de manifiesto que la respuesta “ante un hombre científico o una mujer científica no depende de criterios objetivos, sino de estereotipos mentales”.

¿Cómo puede producirse estas diferencias cuando la carrera académica se construye sobre el mérito y la capacidad? “Pues porque cuando hay un concurso para un contrato o una beca se puntúa más a John que a Jennifer”, agrega Catalina Lara. “La imagen del hombre se identifica con seriedad, mientras que se piensa que la mujer es más débil y está más sujeta a contingencias.

La crisis económica, por otra parte, amenaza aún más la igualdad. En opinión de Catalina Lara “cuando los recursos son escasos siempre pierde la parte más débil. ¿Quién piensa, por ejemplo, en dejar fuera a un padre de familia? Para un empleador ser padre es un plus. Sin embargo, ser madre es una cosa muy problemática. Por eso, en esta sociedad en la que vivimos, si no somos conscientes de estas cosas no las resolveremos nunca”. “Son cosas que pensamos que no nos van a pasar, pero nos pasan si en cada momento no somos conscientes”.

Nuria Romo, antropóloga y directora del Instituto Universitario de las Mujeres y de Género de la Universidad de Granada coincide con Catalina Lara en subrayar la sutileza de los mecanismos sociales que consolidan tanto las diferencias de género como la invisibilidad de la mujer y que al final son los que explican por qué una mujer cobra menos, le cuesta más llegar a determinadas posiciones profesionales, es menos reconocida e, incluso, su salud se atiende desde una perspectiva masculina.

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